Morir (i matar) per la pau

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No volia fer cap comentari de la manifestació de dissabte passat. És la sisena que el Partit Popular fa contra el govern rere la “careta” del dit Foro de Érmua i, tant el que diuen, el que criden, com el que fan els manifestants, he de dir que em repugna. Tanmateix estan en el seu dret i d’ells és la responsabilitat.

De tota manera, veig que som molts –no m’estranyaria que fóssim més- els qui no pensem com ells, d’ací que m’hagi confortat llegir aquest article que a La Vanguardia d’ahir, diumenge, ha publicat un dels seus directors adjunts, que em fa goig de transcriure per la seva claredat i lucidesa.

El espíritu de los muertos
ALFREDO ABIÁN

La muerte resuelve todos los problemas… del difunto. Gran verdad irrebatible, porque los cadáveres jamás replican a quienes interpretan sus últimas voluntades. La manipulación de los muertos es una miseria humana de fuerza tan descomunal como la mentira. En uno de sus tratados, el británico Martin Amis diseccionó la mezquindad soviética para con millones de muertos que nunca despertarán. Todos los cadáveres eran muñecos acartonados hasta que alguien descubrió la rentabilidad de transformar a algunos en héroes. Entonces, se momificaron sus restos o se entregaron sus memorias a taxidermistas ideológicos a sueldo. El Foro de Ermua, o sus despojos, convocó ayer una manifestación en Madrid, invocando una frase del desaparecido Mario Onaindía, una de las mentes vascas más preclaras: “Si me matan, no quiero que digan en mi epitafio que morí por la paz, sino que luché por la libertad”. Esta reflexión fue lo único saludable de una marcha que, como todas al uso, habla en nombre de los muertos sin consultar. Morir por la paz es, conceptualmente, una de las mayores majaderías que se han instalado en nuestra sociedad. Es como si alguien nos dijera que Francisco Javier García Gaztelu, alias Txapote, mató por la paz a Miguel Ángel Blanco en 1997. De aquel asesinato nació el efímero espíritu de Ermua, un fantasma que algunos pretenden resucitar con la convicción de que Blanco, 29 años tenía entonces, no opinará y de que al único que oiremos será al descerebrado a tiempo completo que lo mató.

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