L’article de Fernando Onega

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Altre cop anava a escriure sobre l’absurda i perillosa pendent per la qual ens estem precipitant els espanyols. Una pendent que no ens pot conduir a altre lloc que al fracàs de l’estat de dret, que, per cert, no és una bagatel·la, sinó el més gran que hem aconseguit mai com a poble (per defectes que tingui el nostre estat de dret). En fer-ho, em trobo amb un article de Fernando Onega a La Vanguardia que m’evita d’escriure’l jo, perquè el subscric de cap a peus.


VENA ANARQUIZANTE

Fernando Ónega

Las querencias personales, ideológicas o de partido se quieren imponer a las decisiones institucionales
Hombre, señor Rajoy, antidemocrático, lo que se dice antidemocrático no ha sido. Creo que la democracia consiste precisamente en eso: en que un montón de gente se pueda reunir a escuchar exabruptos, bajo la disculpa de que van a socorrer, salvar o ensalzar a un ilustre juez que creen cercado por el fascismo. También es democrático que el señor Jiménez Villarejo pueda decir esas frases tremebundas sobre el Tribunal Supremo y hoy disfrute leyendo lo que se escribe de él, sin miedo a que un guardia llame a su puerta. Y tan democrático es ponerlo a escurrir en los papeles como defenderlo por decir las verdades del barquero a tan reverenciados magistrados.

Lo que entristece es otra cosa: ver cómo los amigos más ruidosos de Garzón se equivocan en su estrategia de salvamento. En vez de usar argumentos jurídicos para sostener que el magistrado no es un prevaricador, se dedican a provocar al león llamándole corrupto, cómplice de torturas, o instrumento del fascismo. En vez de ensalzar al mito que veneran, se dedican a insultar al juzgador. ¿Qué piensan? ¿Que el Supremo se va a acongojar ante los improperios? Hay que ser un poco tonto del ala para pensar que así se salva al justiciable. O al revés: hay que ser muy hábil para hacernos creer a los demás que van a salvar a Garzón de la justicia, cuando en realidad lo quieren proclamar líder de las ideologías a las que une la sola mención del nombre de Franco.

Y lo que inquieta es el eco; esa corriente que va por debajo de las palabras y hace que Villarejo sea aplaudido por unos y llamado golpista por otros, o que se vea en esos actos el reflejo de dos Españas irreconciliables, con una novedad que hace saltar las alarmas: se empieza a pedir revancha donde hace 35 años hemos escrito reconciliación. Y, paralelamente, esa tendencia reciente a descalificar a cualquier institución, si sus acciones o dictámenes contradicen nuestros gustos. Ayer mismo, el responsable del PP en Baleares volvía a hablar de “cacería” porque habían descubierto las corrupciones de un compañero. Un poco antes, destacados conmilitantes suyos acusaban a la policía judicial de falsificar pruebas contra ellos. Y también ayer mi admirado Joan Ridao le decía al Constitucional que no aceptará el cambio “ni de una coma” en el Estatut. Las querencias personales, ideológicas o de partido se quieren imponer a las decisiones institucionales.

Eso, en su conjunto, es lo más delicado de este tiempo. Yno es defendible. Si miramos a lo que se teje en torno a Garzón, suena a desafío al Estado de derecho, porque se socava su principal instrumento, que es el Supremo. Si se mira a las reacciones ante las corrupciones, no hay empacho en embarrar el sistema con el barato fin de limpiar algunos nombres. Y, si se observa el panorama general, hay un tono de rebeldía, de imposición o de negación de toda autoridad. Yo creo que nos está saliendo una vena anarquizante.

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