De visceralismes n’hi ha a cada cantó

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És clar que ni el rei ni la família reial estan exempts de crítiques. En una democràcia tots som iguals en els drets i en els deures, encara que cadascú té un paper per acomplir i el del rei no és de poca importància. Atès, doncs, que és admissible la crítica al rei, no em dol que el senador basc Iñaki Anasagasti intenti arribar a fons en el coneixement dels fons que Espanya dedica a subvenir de la casa reial i fins m’atreveixo a compartir algunes de les crítiques que ha fet a alguns membres d’aquesta coronada família. I penso que el rei faria bo d’advertir als seus gendres que vagin amb cura si és que no volen col·laborar indirectament amb la causa republicana.

De tota manera a mi m’importen més els valors republicans que la causa republicana, i encara que pugui considerar superior el concepte polític de república al de monarquia, penso que no hi hagi cap motiu de pes que justifiqui la paròdia de mal gust que sembla que s’hagi posat de moda a la Catalunya profunda de cremar les imatges del monarca. Com no n’hi ha tampoc per convertir aquests fets amb un delicte o comparar-los amb el terrorisme (entre el qual s’inclou la kale borroca).

Respecte d’aquest fet, en Pere em convida a llegir un editorial de La Vanguardia on es critica l’actitud dels independentistes sota el títol de “Eso no es catalanismo” que penso que val la pena de ser llegit. Diu això:

“De un tiempo a esta parte, proliferan las manifestaciones de un
soberanismo de corte maniqueo, con frecuencia maleducado e hiriente,
que envenena las relaciones de Catalunya con el resto de España
estableciendo una relación de vasos comunicantes con el españolismo
catalanofóbico, su gran beneficiado. La comprensión o el silencio que
han rodeado la quema de fotos del Rey en Girona y la conversión del
engreído treintañero incendiario en mártir de una supuesta España
represora son el último capítulo de un bochornoso serial ideológico.
Protagonistas de tal serial son las plataformas independentistas – que
obtienen un tratamiento periodístico muy por encima de su
representatividad- y algunos personajes pintorescos: aquel celebrado
actor que no consigue diferenciar los ingeniosos balbuceos de su
personaje televisivo de la lamentable charlatanería de sus mítines; o
aquel destemplado jurista que ha conseguido notoriedad denunciando a
un Estado de cuyo aparato participa.

Se trata de un soberanismo de vuelo gallináceo, tan estridente como
irreflexivo, fundado en los tópicos de la visión romántica de la
historia. Su relato es sentimental y sus acusaciones no alcanzan sólo
al Estado, a los políticos españoles o a España en general, sino
también a políticos y miembros relevantes de la sociedad civil
catalana, acusados de connivencia culpable y de cobardía, cuando no de
traición. Esta visión de las cosas se divulga con sospechosa
redundancia, a veces en tono sarcástico e insidioso, a través de unos
medios públicos que deberían respetar escrupulosamente todas las
sensibilidades ciudadanas.

Este soberanismo visceral acostumbra a reclamar del Estado español,
con grandes aspavientos, el pleno reconocimiento de la pluralidad
interna, pero es incapaz de reconocer, siquiera de respetar, la enorme
pluralidad que anida en la compleja y cambiante sociedad catalana. La
desacomplejada parcialidad con que desde los medios públicos se
comentan los acontecimientos deportivos es el ejemplo más popular de
la falta de respeto a la pluralidad catalana. La visión despectiva de
las selecciones españolas o el tradicional barcelonismo de estos
medios, ya de entrada discutible (según las estadísticas, un 40% de
los catalanes son forofos de otros equipos), ha derivado en los
últimos años en inaceptables formas de antimadridismo. No vale la
excusa de que en algunos medios públicos de Madrid se cometen los
mismos errores. Los extremismos extremismos se necesitan y alimentan
mutuamente, pero Catalunya –que ha salido muy fatigada del reciente
cambio estatutario– necesita cordura, seriedad e inteligencia para
poder plantear sus justas reivindicaciones y debe exponer sus
necesidades armándose de razón, no de excesos. Nada puede perjudicarla
más que aparecer identificada con posiciones infantiles, extremistas.

Es evidente que este soberanismo ruidoso y ensimismado perjudica a la
causa de Catalunya, pues provoca más recelo entre los propios
catalanes que seducción. ¡Flaco favor se hace a la expansión de la
lengua catalana si los medios que hacen bandera de ella desprecian a
tantos catalanes que sienten o piensan de otro modo! Alegrarse de la
derrota de la selección de Gasol, comprender o relativizar la quema de
fotografías de los Reyes, insistir desde los medios públicos en el
mapa pancatalanista olvidando el masivo sentir de los valencianos o
aprovechar los graves problemas infraestructurales para promocionar la
enésima plataforma soberanista no resuelve nada: complica más las
cosas de lo que ya están. Si el independentismo en el Govern y el
nacionalismo moderado en la oposición siguen manteniendo una relación
ambigua, amable o acomplejada frente a estas minorías, lo pagarán
caro. En este momento grave, la sociedad catalana exige seriedad,
pragmatismo y moderación. También el socialismo que lidera las
principales instituciones catalanas puede pagar caro su silencio
concesivo y pragmático. A Catalunya le sobra hervor, pero le faltan
palabras sensatas. Falta valentía para defender el principal legado
del catalanismo: la defensa de los intereses materiales y culturales
de Catalunya y la voluntad de hacerlos compatibles con el progreso de
España.”

D’aquest editorial, en Pere destaca un paràgraf molt significatiu que aquests sobiranistes amics de l’espectacle també farien bo de llegir. És aquest que diu:

“Este soberanismo visceral acostumbra a reclamar del Estado español, con grandes aspavientos, el pleno reconocimiento de la pluralidad interna, pero es incapaz de reconocer, siquiera de respetar, la enorme pluralidad que anida en la compleja y cambiante sociedad catalana.”

És clar que l’argument també es podria aplicar a “aquest soberanisme visceral espanyol que, amb grans escarafalls, acostuma a reclamar el ple reconeixement a la unitat d’Espanya sense mostrar-se capaç tan sols de respectar l’enorme pluralitat que nia en la complexa i canviat societat espanyola.”

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