Saddam o la gran hipocresia d’Occident

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Tots els diaris en van plens. Em refereixo a les reflexions que des de tots els angles i tots els punts de vista es fan públiques sobre Saddam Hussein, un cop aquest ha mort executat. El fet ha aixecat passions: d’eufòria entre els xiïtes, d’indignació entre els sunnites. I mentre els primers ho celebren sortint pels carrers tot fent pública la seva satisfacció, els sunnites ens prometen (de fet ja han començat) un seguici d’atemptats en massa que probablement causaran centenars o milers de morts a l’Iraq, i ves a saber si en alguna altra part del món.

Els occidentals, però, sempre més discrets, ens hem limitat a lamentar l’ús de la forca. En alguns casos (Prodi, Merkel, Chirac, Zapatero…) s’ha condemnat la pena de mort; en d’altres (Bush), s’ha assegurat que amb la pena capital es feia justícia. No sé què deu haver dit Blair…

Val a dir, però, que, en general, l’actitud d’Occident és d’una gran hipocresia, encara que aquesta es reparteixi de manera desigual. Només perquè us en feu una idea, us recomano que llegiu uns paràgrafs –penso que els més suculents- de l’article que Robert Fisk publicava ahir a La Vanguardia:

Seguimos sin saber – y con la muerte de Sadam es probable que no sepamos nunca- el alcance de los créditos estadounidenses a Iraq, que empezaron en 1982. El paquete inicial, la suma gastada en la compra de armas estadounidenses a Jordania y Kuwait, ascendió a 300 millones de dólares. En 1987, a Sadam se le prometieron ya mil millones en créditos. En 1990, justo antes de su invasión de Kuwait, el comercio anual entre Iraq y Estados Unidos había crecido a 3.500 millones de dólares. Presionado por el ministro de Exteriores de Sadam, Tariq Aziz, para que aumentara los créditos estadounidenses, el entonces secretario de Estado James Baker – el mismo Baker que acaba de emitir un informe que pretende sacar a Bush de la catástrofe del actual Iraq- dio nuevas garantías por otros mil millones de dólares.

En 1989, el Reino Unido, que había proporcionado por su cuenta asistencia militar encubierta a Sadam, garantizó 250 millones de libras esterlinas poco después de la detención del periodista de The Observer Farzad Bazoft en Bagdad. Bazoft, que había investigado la explosión en Hilla de una fábrica que utilizaba los mismos componentes químicos enviados por EE. UU., fue posteriormente ahorcado. Menos de un mes después de la detención de Bazoft, William Waldegrave, entonces ministro de Exteriores británico, dijo: “Dudo que haya un mercado futuro de semejante escala en cualquier lugar donde el Reino Unido esté potencialmente tan bien situado si movemos nuestra diplomacia del modo adecuado… Unos cuantos Bazoft más o un brote de opresión interna lo harían más difícil”. Aún más repugnantes fueron los comentarios del entonces viceprimer ministro, Geoffrey Howe, a propósito de la relajación de los controles sobre la venta de armas británicas a Iraq. Mantuvo el secreto, escribió, porque “habría parecido cínico que, tan poco tiempo después de expresar nuestra indignación por el trato dado a los kurdos, adoptáramos un enfoque más flexible ante las ventas de armas”.

Sadam conocía también los secretos del ataque contra el USS Stark,cuando el 17 de mayo de 1987 un avión iraquí lanzó misiles contra la fragata estadounidense que acabaron con una sexta parte de la tripulación y casi hundieron el buque. EE. UU. aceptó la excusa de Sadam de que había sido confundido con un barco iraní y le permitió rechazar la petición de entrevistar al piloto iraquí.

Toda la verdad murió con Sadam en una cámara de ejecución bagdadí. Muchos en Washington y Londres habrán suspirado de alivio al ver que el viejo ha sido silenciado para siempre.

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