Com n’és d’avorrida la Història

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Estimat director:

De vegades, llegint, et trobes amb un text que et corprèn i que t’interpel·la, i davant el qual dius: “Això és veritat!” Doncs bé, aquesta és l’experiència que vaig viure fa uns dies quan, dins un avió que em portava d’Astúries fins a Barcelona, després d’un cap de setmana gèlid i voltat de neu per tots costats, vaig topar-me amb el text aquest que transcriuré tot seguit i respecte del qual et vull demanar la teva opinió. El text, escrit en llengua castellana, fa una anàlisi sobre l’home més influent (i també més controvertit) d’aquest món, l’home qui fa i desfà sense esperar allò que puguin dir l’ONU o les altres instàncies internacionals, l’home que no necessita dels altres perquè es basta ell sol.

Diu això:

“Es esto lo que nos hace prodigiosamente interesante al presidente de los Estados Unidos: que con él tenemos hoy entre nosotros, en este filosófico siglo, a un hombre, a un mor­tal, que más que ningún otro iniciado, o profeta, o san­to, se dice, y parece que lo es, el amigo íntimo y el aliado de Dios. Desde Moisés en el Sinaí, el mundo no había vuelto a presenciar tamaña intimidad y tamaña alianza entre la Criatura y el Creador. Todo el mandato de Bush se nos aparece, pues, como una inesperada re­surrección del mosaísmo del Pentateuco. Él es el predi­lecto de Dios, el elegido que habla con Dios en la zarza ardiente, y que por instigación de Dios conduce a su pueblo a las felicidades de Caná. ¡En verdad se trata de Moisés II! Como Moisés, tampoco se cansa de afirmar con estridencia, todos los días, para que nadie la ignore, y por ignorancia la rechace, esta ligazón suya espiritual y temporal con Dios que lo con­vierte en infalible, y por lo tanto en irresistible. En cada asamblea, en cada banquete donde pronuncia un dis­curso —y Bush es el más verboso de todos los presidentes contemporáneos—, se sigue siempre, en forma de man­damiento, esa afirmación pontifical de que Dios está junto a él, casi visible en su vestido azul, para ayudarlo y servirlo en todo con la fuerza de ese tremendo brazo que puede sacudirse, a través del espacio, a los astros y a los soles, cual si se sa­cudiera el polvo inoportuno. La certeza, el hábito de esta sobrenatural alianza va creciendo tanto en él que cada vez alude a Dios en términos de mayor igualdad: como aludiría a Tony Blair o a José María Aznar. Antes todavía lo denominaba, con reverencia, «el Señor que está en los cielos, el Muy Alto que todo lo manda». Últimamente, sin embargo, llama a Dios «¡mi viejo aliado!». Así que aquí tenemos a «Bush & Dios» como una nueva firma comercial, para administrar el universo. Poco a poco, tal vez Dios desaparezca de la marca y del rótulo, como socio subal­terno que entró solamente con el capital de la luz, de la tierra y de los hombres, y que ya no trabaja, ocioso en su infinitud, dejando a Bush la gerencia del vasto ne­gocio terrestre: entonces nos encontraremos con que «Bush & Bush», con supremos poderes, hará todas las operaciones humanas. «Compañía» será la fór­mula condescendiente y vaga con la que los Estados Unidos de Bush designarán a Aquél para quien todavía, según creemos, Bush y los Estados Unidos son tanto, o tan poco, como el pardal que en este instante gorjea en mi tejado.

Un magnífico e insaciable deseo de gozar y de expe­rimentar todas las formas de la Acción, con la soberana seguridad de que Dios garantiza y promueve el éxito triunfal de todas las empresas, es lo que me parece que explica la conducta de este presidente. Aho­ra bien, si él dirigiese un imperio situado en los confines de Asia, si no poseyera en la Casa Blanca un tesoro de guerra para mantener y armar a dos millones de solda­dos, o si estuviese cercado por una opinión pública tan activa y coercitiva como la de Inglaterra, Bush sería sólo un presidente como tantos en la historia, no­table por la inquietud de su fantasía y por la ilusión de su mesianismo. Pero por desgracia, plantado en el cen­tro de los Estados Unidos, con centenares de legio­nes disciplinadas, con un pueblo de ciudadanos tan bien disciplinados y sumisos como soldados, Bush es el más peligroso de los presidentes, porque a su dilettantismo le falta todavía el experimentar la forma de Acción más seductora para un presidente: la guerra y sus glorias. Y bien puede suceder que Europa se despierte un día con un fragor de ejércitos que se enfrentan, sólo porque en el alma del gran dilettante el ardiente deseo de «conocer la guerra», de gozar la guerra, se haya sobrepuesto a la ra­zón, a los consejos y a la piedad de la patria. Hace muy poco, por otra parte, así se lo prometía a sus fieles vasa­llos: «Os conduciré a bellos y gloriosos destinos». ¿A qué destinos? Seguro que a diversas bata­llas, donde triunfarán los Marines americanos… Bush no lo duda, pues tiene como aliado, además de algunos presidentes menores, al Rey Supremo del Cielo y de la Tierra, combatiendo entre los marines, como en otro tiempo Minerva Atenea, armada con su lanza, com­batía contra los bárbaros en medio de la falange griega.

¡La certeza de la alianza divina!… Nada, en verdad, puede dar más fuerza a un hombre que una certeza así, que casi lo diviniza. Pero, ¡a qué peligros arrastra! Porque nada puede derribar más hondamente a un hombre que la evidencia, mediante la cruda contradicción de los hechos, de que esa certeza no era más que la quimera de una des­ordenada fatuidad. Entonces sí que se produce verdade­ramente la caída bíblica de lo alto de los cielos. Hubo un pueblo que se proclamaba en otro tiempo el Elegido de Dios; pero en cuanto se probó que Dios no lo había elegi­do, ni lo prefería a ningún otro, se vio disperso y apedrea­do por todos los caminos del mundo, y acorralado en ghet­tos donde los reyes le estampaban sobre la casa y la tumba una marca, como la que se estampa sobre la falsa moneda.

Bush corre este lúgubre peligro de caer en las Gemonias. Está asumiendo, temerariamente, respon­sabilidades que, en todas las naciones, se reparten entre los distintos poderes del Estado: él solo juzga, él solo ejecuta, porque es a él, y no a su gobierno ni a su conse­jo ni a su parlamento, al que Dios, el Dios de los Bush, comunica la inspiración trascendente”.

Doncs bé, amic director, aquest text tan irònicament dur i de tanta actualitat, l’he extret d’un article que el gran escriptor portuguès Eça de Queirós va publicar el 17 d’agost de 1892 —fa 112 anys!— a la Gazeta de Notícias de Lisboa, i que ara forma part d’un plec magnífic d’articles que s’han editat sota el títol “Ecos de París” (El Acantilado, 2004). L’article no anava dirigit a George Bush, naturalment! sinó al kaiser Guillem II d’Alemanya (1859-1941). Jo, en aquest joc, he respectat íntegrament el text d’Eça de Queirós, en el qual he substituït només uns mots: “emperador de Alemania” per “presidente de los Estados Unidos”; “reinado” per “mandato presidencial”; “Guillermo II” per “Bush”; “reyes” per “presidentes”; “Francisco de Austria” per “Tony Blair”; Humberto, Rey de Italia” per “José María Aznar”; “Alemania” per “Estados Unidos”; “Torre Julia” per “Casa Blanca”, “Aguilas germánicas” per “marines” i “Hohen­zollern” per “los Bush”.

Com pots veure, amic director, algun cop la Història és terriblement avorrida i gens original.

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